El contenido, la información y la verdad en tiempos líquidos
Búsqueda de alfabetización digital y el FastCheck como verificación
Vivimos en un tiempo donde todo se mueve rápido, todo cambia y casi nada permanece. Zygmunt Bauman llamó a esta condición la modernidad líquida: un escenario donde las estructuras que antes ordenaban la vida –instituciones, certezas, relatos comunes– se disuelven para dar paso a una experiencia más frágil, más individual y más inestable. En ese paisaje, la información también se volvió líquida: fluye sin fricción, se multiplica, se fragmenta y se transforma a una velocidad que supera nuestra capacidad de validarla.
Desde la perspectiva de Byung-Chul Han y lo que denomina infocracia, lo entendemos como un régimen donde el exceso de información reemplaza a la reflexión; donde la sobreabundancia de datos no trae claridad, sino ruido; y donde la lógica de la transparencia absoluta convive paradójicamente con la opacidad algorítmica de las plataformas. En la infocracia, la información no media la realidad: la reemplaza. Y ese reemplazo tiene consecuencias profundas para las organizaciones y para la ciudadanía.
En este contexto, hablar de verdad ya no es hablar de un punto fijo, sino de un proceso en disputa. En tiempos de polarización política y post verdades a flor de piel.
El problema no es la falta de información: es el exceso
El volumen de contenido que circula hoy, amplificado por redes sociales, automatización y herramientas de IA generativa, instala una paradoja: nunca habíamos tenido tanta información, pero tampoco había sido tan difícil construir certezas compartidas.
La abundancia erosiona la confianza. La velocidad desplaza la reflexión. La fragmentación habilita cámaras de eco que refuerzan sesgos y polarizan discursos.
Esto explica por qué fenómenos como la desinformación, las verdades parciales y los relatos conspirativos encuentran terreno fértil. No porque la gente “quiera” creer en ellos, sino porque el ecosistema informacional está diseñado para incentivar emociones, interacción y velocidad antes que entendimiento. En otras palabras, la liquidez informacional no solo desordena qué consumimos, sino cómo pensamos.
La IA acelera el problema y también puede ayudarnos a enfrentarlo
La inteligencia artificial, en su masificación actual, tensiona aún más la idea de verdad. Hoy podemos generar imágenes indistinguibles de la realidad, voces que imitan a cualquier persona, textos coherentes en segundos, y videos falsos capaces de influir en elecciones, mercados o reputaciones personales.
La IA no inventó la desinformación, pero sí la industrializa. Desde IDA lo vemos en distintos niveles:
- La capacidad de producir contenido se democratizó, pero no siempre se acompañó de una comprensión ética o crítica.
- La automatización reduce los costos de creación, pero aumenta la necesidad de validar, contrastar y auditar.
- La velocidad de circulación supera la velocidad de verificación, instalando verdades efímeras que se comparten antes de ser contrastadas.
La inteligencia artificial no solo amplifica los riesgos del ecosistema informacional moderno, también se convierte en una aliada estratégica para gestionarlos. Hoy contamos con modelos capaces de detectar patrones de desinformación, identificar deep fakes, analizar anomalías en cadenas de difusión y rastrear la manipulación coordinada de contenidos. Estas capacidades permiten anticipar escenarios y actuar preventivamente en canales digitales donde la velocidad suele jugar en contra.
Bien aplicada, la IA funciona como un sistema nervioso aumentado que nos ayuda a monitorear, ordenar y comprender un volumen de información que sería imposible procesar únicamente desde lo humano.
Al mismo tiempo, la IA abre oportunidades para fortalecer la confianza y la transparencia. Herramientas de verificación automatizada, auditoría de datos y clasificación inteligente permiten acelerar procesos de fact-checking y mejorar la trazabilidad de las fuentes.
Cuando se combina con criterio editorial, ética y diseño centrado en las personas, la IA aporta una capa adicional de rigor a la creación y distribución de contenido. No reemplaza el juicio humano, pero sí potencia nuestra capacidad de distinguir información relevante, contextualizar hallazgos y construir experiencias digitales más seguras y responsables en un paisaje informacional cada vez más desafiante.
FastCheck y la emergencia de una cultura de verificación
En este escenario, proyectos como FastCheck y los espacios especializados en fact-checking se vuelven piezas clave para sostener lo que podríamos llamar una salud informacional mínima. No son solo verificadores: son mediadores de confianza.
Su relevancia aumenta porque:
- Ayudan a desacelerar la circulación de contenido falso.
- Reintroducen el valor del método: chequear, contrastar, contextualizar.
- Ofrecen una referencia compartida en tiempos de alta polarización.
- Enseñan, con su práctica, que la verdad requiere trabajo, no intuición.
El fact-checking es una herramienta, pero también una cultura y esa cultura es imprescindible para navegar la infocracia.
¿Cómo saber si lo que estoy leyendo es cierto?
Hoy existen herramientas que facilitan el fact-checking ágil y accesible, integrándose al flujo de trabajo de equipos de contenido y ciudadanía informada.
- Google Fact Check Tools, por ejemplo, permite buscar afirmaciones, verificar su estado y revisar contrastes realizados por verificadores acreditados en todo el mundo.
- Google Reverse Image Search y Lens ayudan a rastrear el origen de imágenes, identificar ediciones y detectar reutilización engañosa de contenido visual.
- Video Authenticator de Microsoft, analiza imágenes y videos para estimar la probabilidad de manipulación, además de integrar herramientas de procedencia y trazabilidad dentro de su ecosistema.
- InVID-WeVerify, plataforma abierta pensada para periodistas y analistas, que permite descomponer videos, verificar metadatos y detectar deep fakes.
Estas tecnologías no reemplazan el trabajo editorial ni el criterio experto, pero sí permiten acelerar la verificación, reducir riesgos y construir una cultura informacional que responda a la velocidad de la infocracia sin perder rigor.
Alfabetización digital y la verdad como un proceso compartido
En un mundo líquido, la verdad deja de ser un objeto estático. En cambio, se vuelve un proceso dinámico, colaborativo y situado. Más que certezas absolutas, necesitamos protocolos éticos, criterios claros, tecnologías auditables y equipos capaces de comprender la complejidad de los contextos digitales.
Desde el diseño, especialmente desde un enfoque de experiencia, esto implica asumir que la información no es neutral. Los contenidos que producimos, los flujos que diseñamos, las interacciones que promovemos y los datos que procesamos configuran realidades.
Si queremos un ecosistema menos vulnerable a la manipulación y más orientado al bienestar colectivo, necesitamos alfabetización digital como política cultural. No basta con saber usar herramientas: tenemos que entender cómo funcionan, qué sesgos introducen, qué intereses potencian y cómo impactan en la forma en que interpretamos la realidad.
Esto va desde competencias básicas –como distinguir fuentes confiables– hasta habilidades avanzadas para identificar deep fakes, manipulación estadística o sesgos algorítmicos. Y en ese sentido, la alfabetización digital no es un lujo: es un requisito democrático.
¿Qué hacemos en IDA frente a este escenario?
En nuestro trabajo diario vemos cómo los equipos deben tomar decisiones en un entorno complejo, saturado y acelerado. Nuestra aproximación se sostiene en tres pilares:
- Criterio humano como centro: Las herramientas, incluso las de IA, amplifican capacidades, pero no reemplazan juicio. Nuestro trabajo se sostiene en análisis, interpretación y responsabilidad editorial.
- Diseño de información basado en claridad y evidencia: Que una información sea correcta no basta: debe ser comprensible, útil y accesible. Priorizamos transparencia, usabilidad y decisiones de contenido que reduzcan ambigüedad y mejoren confianza.
- Cultura de verificación permanente: Incorporamos metodologías para revisar fuentes, validar datos, chequear consistencia y anticipar riesgos de desinformación en experiencias y contenidos digitales.
La modernidad líquida nos enseña que nada permanece fijo. La infocracia nos recuerda que el exceso de información puede nublar más de lo que aclara. La IA nos obliga a repensar cómo distinguimos entre lo real y lo fabricado. Y FastCheck nos muestra que la verdad –o al menos el camino hacia ella– requiere método, colaboración y voluntad.
En este contexto, la tarea de quienes trabajamos con contenido, experiencia y tecnología no es perseguir la verdad como un objeto perdido, sino construir las condiciones para que las personas puedan reconocerla. Y esa es una responsabilidad que no podemos delegar.
Referencias
- Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
- Han, B.-C. (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia. Herder Editorial.
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