Neutralidad en la red

Quién debería regular la libertad de expresión en internet

En la era de las fake news, tras el caso de Cambridge Analytica y el veto de Alex Jones en distintas plataformas, reflexionamos en torno a cómo se debería defender la libertad de expresión en la red.

Ilustración para el artículo "Quién debería regular la libertad de expresión en internet"

Las noticias falsas nos acompañan desde siempre. Casos como los Libelos de Trento en la Edad Media, los relatos y cartas sobre grandes riquezas existentes en América durante la Colonia, y que luego dieron paso a leyendas como El Dorado, y más recientemente, la propaganda nazi o el manejo comunicacional del gobierno de EE.UU sobre Vietnam son solo algunos ejemplos históricos que lo evidencian. Pero claramente desde la aparición de los medios de comunicación de masas, la velocidad de propagación y las consecuencias globales de las fake news comenzaron a ser un problema cada vez de mayor interés, al punto de convertirse prácticamente en un asunto de estado. El bullado caso de Cambridge Analytica marca, en ese sentido, un antes y un después.

Cambridge Analytica pone de manifiesto que la información es una cuestión de dinero y de poder; de la capacidad de un Estado para influir en la política interna de otro Estado; a través de medios privados y pagados para difundir noticias falsas con el objeto de intencionar masivamente el voto del electorado proclive a ciertas ideas. En definitiva, de grandes corporaciones privadas siendo utilizadas como una verdadera arma para corromper las bases de la democracia estadounidense. Todo esto puede sonar exageradamente a teorías conspirativas, pero que Mark Zuckerberg compareciese frente al Congreso norteamericano lo convierte hoy, a todas luces, en un hecho.

De ahí que hoy la guerra contra las fake news ya no es solo una serie de recomendaciones para decirle al tío o al amigo que deje de compartir tonterías en Facebook o Whatsapp. Tampoco se trata exclusivamente de un conjunto de buenas prácticas y de la responsabilidad que nos compete a los prosumers, o a los medios “tradicionales” que muchas veces hacen eco de las fake news. Todo eso está bien. Sin embargo, hoy la discusión creo que está teniendo otro alcance.

Quién se hace cargo

Cuando Facebook anuncia que desbarató una nueva campaña de noticias falsas que buscaba manipular las próximas elecciones norteamericanas al Congreso y Senado, erigiéndose de paso como el máximo defensor de la democracia; creo que bien vale la pena preguntarse si de verdad queremos que empresas como Google, Twitter o Facebook tengan ese rol. No digo que no sea tema de su interés mejorar sus algoritmos y mecanismos para denunciar noticias falsas; sino que eventualmente la unilateralidad de la decisión de bloquear ciertos contenidos puede ir en contra de otros principios igualmente valorados por la sociedad en su conjunto, como la neutralidad en la red o la libertad de expresión.

Si analizamos el caso del veto al periodista ultraderechista Alex Jones, podemos observar que, mientras Apple, YouTube y Facebook han eliminado el contenido y las cuentas del comunicador, desde Twitter han señalado que tratarán a Jones como a cualquier otro usuario, indicando que su cuenta seguirá activa y aludiendo a que “no ha violado nuestras reglas”. Sin duda esta situación plantea interrogantes interesantísimas que no están para nada resueltas en el debate público

¿Quién decide lo que se publica y difunde en las Redes Sociales? ¿Bajo qué criterios? ¿A qué intereses sirve? Hasta ahora nos ha parecido completamente normal que el criterio haya sido básicamente económico. Que grandes empresas y medios paguen cuantiosas sumas para que sus contenidos y productos circulen con ciertas ventajas no es algo que nos parezca mal. No obstante, cuando agregamos a la ecuación temas como “movimientos anti vacunas”, “migrantes” o “empleos”, de la mano de sesgos xenófobos, la discusión primero se polariza e inevitablemente se complejiza, porque se vuelve ideológica y política.

Hacia una regulación integrada

Creo que la red debe ser neutral y que se debe garantizar la libertad de expresión dentro y fuera de ella. No dudo en afirmarlo. Tampoco dudo que la intolerancia de los discursos xenófobos y racistas no debe ser tolerada; que los pensamientos negacionistas de Crímenes de lesa humanidad aquí o en la China no pueden ser aceptados; pero de la misma manera que sostengo aquello, no creo que la defensa de ciertos principios universales como el respeto a los Derechos Humanos, la libertad de expresión y la neutralidad en la red corresponda que sea delegada a grandes corporaciones privadas que obedecen a intereses económicos y que operan bajo criterios muchas veces poco transparentes y para su propia conveniencia.

Hay mucho camino por recorrer a propósito de este tema, y de seguro costará llegar a un consenso. Pero soy de la idea que estas materias deben ser responsabilidad de múltiples organizaciones y actores bajo alguna figura asociativa, internacional y vinculante. Las convenciones y acuerdos internacionales sobre muchos de estos temas tienen ya larga data, y están bastante asentadas en la jurisprudencia internacional. No veo imposible aplicar o extender esa experiencia a lo que ocurre en la red; para así tener certezas básicas de que se garantice la neutralidad y la imparcialidad como norma aplicable a cualquier caso.

Mi principal temor es que los vientos políticos e ideológicos que soplan hoy en Europa y EE.UU continúen avalando y promoviendo posiciones políticas intolerantes. La historia reciente me dice que no es imposible que la estupidez llegue al poder haciendo eco de sus ideas en las redes. Una figura internacional vinculante que vele por la neutralidad y la libertad de expresión en la red sería el organismo ideal para evitar un mayor retroceso.

Director de Desarrollo
Investigo lo último en tecnología web, para ofrecer soluciones innovadoras en los proyectos. Encargado de resolver problemas de integración en diversas API's, servicios y plataformas que operamos. Me gustan los proyectos perfectamente terminados, con código bien estructurado, simple y legible.

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