Arquitecturas de información en tiempos de Inteligencia Artificial
El verdadero diseño invisible y semántico
Cuando hablamos de diseño digital, solemos pensar en interfaces, flujos, usabilidad o experiencia de usuario. Sin embargo, mucho antes de que una persona interactúe con una pantalla, ya ha sido orientada —y en muchos casos condicionada— por una capa menos visible, pero profundamente estructurante: la arquitectura semántica.
Lenguaje, categorías, etiquetas, naming y taxonomías no son solo decisiones técnicas ni meramente editoriales, estas definen qué existe dentro de un sistema, cómo se nombra un problema, qué recorridos son posibles y cuáles quedan fuera. En ese sentido, no solo organizan información: producen sentido. Y ese sentido antecede, modela y limita cualquier experiencia posterior.
Nombrar en conjunto con la inteligencia artificial
Este desplazamiento se vuelve aún más relevante en el contexto actual. En 2023, Jakob Nielsen señalaba que la inteligencia artificial está introduciendo el tercer gran paradigma de interfaz de usuario en la historia de la informática. Según Nielsen, el primero fue el procesamiento por lotes en la década de 1940, donde los usuarios debían especificar de antemano todo el flujo de acciones que la computadora debía ejecutar. El segundo emergió en los años sesenta con las interfaces basadas en comandos, donde la interacción se daba paso a paso, alternando instrucciones entre usuario y sistema.
Un cambio en el paradigma
Hoy estaríamos entrando en un tercer paradigma: la interacción basada en la intención.
En este modelo, el usuario ya no le indica a la computadora cómo debe hacer algo, sino qué resultado desea obtener. El centro de control se desplaza: la ejecución queda en manos del sistema, mientras que el lenguaje —la forma en que se formula la intención— se convierte en el principal medio de interacción.
En este escenario, la arquitectura semántica deja de ser un soporte secundario para transformarse en una infraestructura crítica. Buscadores inteligentes, asistentes conversacionales y sistemas de indexación basados en inteligencia artificial no solo permiten navegar contenidos, sino que los interpretan, los sintetizan y los recombinan automáticamente. El lenguaje ya no guía solo a las personas, sino también a las máquinas que median el acceso a la información.
La idea de web semántica
En la web de los años noventa, el desafío principal no era la experiencia, sino la existencia. Los sitios funcionaban como repositorios estáticos construidos en HTML, organizados en páginas, enlaces y jerarquías simples. La arquitectura de información respondía, en la mayoría de los casos, a lógicas editoriales, técnicas o administrativas, más que a una comprensión situada del usuario y sus necesidades.
El lenguaje no se diseñaba: se heredaba de estructuras preexistentes —formularios, organigramas, categorías institucionales— y el usuario debía adaptarse al sistema, no al revés.
En ese contexto, la web no estaba pensada para ser comprendida, sino para ser recorrida. Navegar era un ejercicio exploratorio, muchas veces errático, donde el sentido emergía más por acumulación de páginas que por una intención clara de diseño.
Introducción de nuevos modelos de lectura
A comienzos de los años 2000 surge la idea de la Web Semántica, impulsada por Tim Berners-Lee y otros actores del ecosistema digital. Su objetivo era ambicioso: construir una web donde los contenidos no solo fueran legibles para las personas, sino también comprensibles para las máquinas. La promesa era pasar de una web de documentos a una web de significados.
Para ello, se propusieron mecanismos como metadatos estructurados, ontologías y relaciones explícitas entre conceptos, con el fin de permitir que los sistemas pudieran inferir significado, establecer vínculos lógicos y operar más allá de la simple coincidencia de palabras. En teoría, esto abriría la puerta a búsquedas más inteligentes, interoperabilidad entre sistemas y una comprensión más profunda del contenido disponible en la red.
Sin embargo, esta visión enfrentó límites importantes. La complejidad técnica, la baja adopción por parte de los desarrolladores y organizaciones, y la rigidez de los modelos semánticos dificultaron su implementación a gran escala. Definir ontologías estables en un entorno cambiante resultó costoso, lento y, en muchos casos, poco sostenible.
El problema no estaba en la relevancia del significado, sino en el intento de fijarlo de manera demasiado estable en un ecosistema profundamente dinámico. La Web Semántica no fracasó por irrelevancia, sino por adelantarse a un contexto tecnológico, cultural y económico que aún no estaba preparado para sostenerla.
Paradójicamente, muchas de sus ideas centrales —la importancia del significado, las relaciones entre conceptos y la interpretación contextual— reaparecen hoy con fuerza, impulsadas por nuevos modelos de inteligencia artificial que abordan el problema desde otro enfoque: no intentando definir el significado de antemano, sino aprendiendo a inferirlo a partir de grandes volúmenes de datos y patrones de uso.
SEO como arquitectura semántica de facto
Con la consolidación de los motores de búsqueda, especialmente Google, el eje volvió a desplazarse. Ya no se trataba solo de estructurar información, sino de ser encontrado.El SEO introdujo una nueva forma de arquitectura semántica: palabras clave, intencionalidad de búsqueda, clusters de contenido y taxonomías orientadas a indexación.
Por primera vez, el lenguaje institucional comenzó a tensionarse con el lenguaje real de las personas. La arquitectura ya no se diseñaba solo desde adentro, sino también desde el comportamiento efectivo de búsqueda.Sin embargo, esta adaptación tuvo efectos colaterales. Muchas estructuras se optimizaron para el algoritmo, pero empobrecieron su capacidad de producir sentido. Visibilidad y comprensión empezaron a divergir.
Hoy estamos frente a un nuevo punto de inflexión. Los contenidos ya no solo se posicionan en rankings: son interpretados, resumidos y recombinados automáticamente. Con la irrupción de modelos de lenguaje, buscadores generativos y asistentes conversacionales, la indexación deja de depender exclusivamente de palabras clave y pasa a basarse en relaciones, contexto e intención.
GEO, un complemento al sistema SEO
Este escenario da lugar a nuevas prácticas como el GEO (Generative Engine Optimization), que amplía el foco tradicional del SEO. Ya no basta con pensar en cómo un contenido será encontrado por un buscador, sino también en cómo será leído, interpretado y reutilizado por sistemas de inteligencia artificial que median el acceso a la información.
Desde la perspectiva de un modelo generativo, un sitio web funciona como un grafo semántico compuesto por entidades, relaciones y niveles de jerarquía. Una estructura bien definida permite interpretar correctamente el contenido; una deficiente obliga al sistema a extrapolar o suplir información faltante.
En este contexto, una arquitectura semántica débil, ambigua o incoherente no sólo genera confusión en las personas: es amplificada por los sistemas que procesan y distribuyen esa información. El riesgo ya no es únicamente no ser encontrado, sino ser mal interpretado.
Arquitecturas semánticas como diseño invisible
Definir categorías, etiquetas o nombres implica tomar decisiones semánticas que establecen marcos de interpretación: habilitan ciertos recorridos y excluyen otros. No es lo mismo hablar de “beneficiarios” que de “usuarios”, de “emprendedores” que de “trabajadores”, o de “vulnerabilidad” que de “exclusión estructural”. Cada una de estas elecciones instala una forma particular de entender el problema y, por lo tanto, de intervenir sobre él.
En este sentido, diseñar una arquitectura semántica es diseñar una lectura del mundo. Una lectura que antecede a la interfaz, orienta el comportamiento de las personas y condiciona la forma en que los sistemas son utilizados, comprendidos o abandonados.
Este diseño invisible tiene efectos concretos. Moldea expectativas, dirige acciones y puede reforzar o reducir barreras de acceso. En contextos institucionales, una arquitectura semántica mal diseñada no siempre se manifiesta como un error evidente: muchas veces opera de manera silenciosa, desalienta el uso, genera fricción innecesaria o excluye a quienes no dominan los códigos implícitos del sistema.
Por eso, hoy crear arquitecturas semánticas es especialmente crítico. Antes de optimizar una experiencia o mejorar una interfaz, las organizaciones deberían preguntarse si el lenguaje que utilizan permite realmente que esa experiencia exista.
Diseñar servicios no es solo definir flujos e interfaces. Es también revisar cómo se nombran los procesos, cómo se estructuran las categorías y desde qué marco semántico se invita a las personas a interactuar con el sistema
Decodificar sentido en sistemas complejos
En IDA entendemos la arquitectura de información en general, como una capa estratégica del diseño. No se trata únicamente de optimizar contenidos, sino de leer sistemas complejos, identificar tensiones entre lenguaje institucional y uso real, y comprender cómo estas estructuras producen efectos concretos.
La inteligencia artificial, en este marco, no reemplaza el criterio ni define el significado. Funciona como una herramienta de apoyo para detectar patrones, recurrencias, vacíos y contradicciones que no siempre son evidentes a simple vista. La IA no diseña la arquitectura semántica, pero puede revelar sus fallas con una claridad inédita.
En un ecosistema donde los contenidos ya no solo se navegan, sino que son interpretados automáticamente, el verdadero diseño estratégico no está en la superficie. Está en el lenguaje que estructura lo visible y lo invisible, es decir la semántica.
Diseñar arquitecturas semánticas es asumir que el diseño no empieza en la interfaz, sino mucho antes: en las palabras que usamos para describir, ordenar y entender el mundo que queremos transformar.
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