Comunidades y redes sociales

Comunidades en el encierro: ¿Es suficiente la digitalización de la vida anterior?

Estrategia digital 6 min. de lectura

La crisis sanitaria nos enfrentó a un modelo de respuesta, del primer mundo, donde los hábitos sociales y laborales pre-pandémicos son trasladados al hogar con éxito. Pero, ¿qué respuesta podemos entregar desde la realidad de Latinoamérica?

Íconos que hacen referencia a la unión digital de distintas personas.

Cuando la pandemia comenzó en el año 2020, poca idea teníamos de cómo se desarrollarían los nuevos tipos de normalidad, y sobre todo, teníamos dudas sobre cómo seguirían funcionando nuestra vida cotidiana en espacios sociales, tales como los laborales y estudiantiles. 

Hoy, vemos cómo la crisis sanitaria nos trasladó al espacio de lo digital, en donde los territorios que antes conocíamos -y aún más importante, vivíamos- se transformaron en la constante vigilia de nuestros computadores y aparatos tecnológicos, al interior de nuestros hogares. Lo que a su vez necesariamente afectó las maneras en que hemos mantenido y establecido nuevas relaciones en las esferas familiares, de amistad o amorosas.

Entre quienes compartimos espacios virtuales, pareciera ser que la respuesta de lo digital ha sido una buena medida para continuar teniendo un poco de control en nuestros devenires, pero ¿Es realmente una solución que pueda comprometer a gran parte de la población de Latinoamérica?

Primer mundo pandémico

Pareciera ser que siempre el norte de nuestro globo es quién marca las tendencias y señala los métodos de cómo se deberían llevar las nuevas problemáticas que vamos enfrentando como humanidad; y, en el caso de esta emergencia sanitaria, no fue una excepción que esperáramos paulatinamente a las respuestas que daba el primer mundo: ¿Cerramos los aeropuertos?, ¿Usamos mascarilla?, ¿Llevamos a les niñes a la escuela?, ¿Seguimos trabajando en la oficina?

Que la respuesta del primer mundo se haya basado en su totalidad en el apoyo de las tecnologías no está mal, puesto que las brechas digitales -si bien existen- son menos exageradas. En Estados Unidos se registró que 312 millones de personas tenían acceso a Internet en el año 2019; este dato corresponde a un 95% de la población de aquel año. Por lo que incluso, realizar notificaciones de exposición al COVID-19 a través de teléfonos inteligentes es una respuesta sensata, en vista de que un 79,1% de los estadounidenses es usuario de uno.

¿Qué pasa con el tercer mundo?

Sabemos que la vida en Latinoamérica suele ser distinta, no hay necesidad de explicar eso. Pero sí parece pertinente preguntarnos por qué el modelo que adoptamos. Una tecnologización de la vida cotidiana, no concuerda con lo que estábamos viviendo antes de marzo del 2020, al igual que pareciera que una y otra vez este sistema se cae, o demuestra constantemente que no es sostenible.

Y si estaban pensando que la respuesta era tan simple que somos países distintos, en condiciones geopolíticas que difieren en la mayoría de sus características, este problema es aún más profundo y tiene que ver con el acceso a (nuevas) tecnologías y a la literacidad de quienes tienen este acceso.

En Chile, un 36,79% de los habitantes mayores de cinco años no saben buscar información en Internet o manejar un correo electrónico. Del mismo modo, un 25% de los estudiantes socioeconómicamente desfavorecidos no tiene acceso a un computador dentro de sus hogares (OCDE, 2020). 

Muchas veces pensamos, y tratamos de solucionar el problema del analfabetismo digital desde la facilitación del acceso a tecnologías. Sin embargo, la solución del acceso nos lleva a nuevas problemáticas que antes no se habían presupuestado. Lo que también importa es cómo utilizamos estas tecnologías y cómo enseñamos a utilizarlas. 

¿Logramos cerrar la brecha digital si solamente entregamos tecnologías a quiénes no las tienen?, ¿Logramos resolver el problema de la alfabetización si entregamos lápices, cuadernos y libros a los grupos de riesgo? El analfabetismo digital, así como el literario son problemas sistémicos que involucran la raza, la clase y el género; debemos saber cómo atender a este problema antes de que sea demasiado tarde, y muchos queden fuera de una vida tecnologizada y digitalizada. 

Alfabetismo digital

Una frase que me gusta mucho para reflejar las problemáticas que vivimos hoy en día en tanto al analfabetismo digital, es la de los alquimistas: no hay vergüenza en no saber, sino que hay vergüenza en no querer saber. Quienes sabemos más sobre digitalismos, somos los que deberíamos estar ideando maneras de hacer que estos conocimientos sean accesibles a todos quienes lo necesiten.

Quiero darle este peso a esto de la misma manera que se lo dieron las profesoras normalistas y quienes alguna vez idearon planes de alfabetización de adultos en los años setentas (Cárdenas et al., 2020), puesto que si hoy tenemos una vida mediada por la tecnología, la alfabetización no será solamente el leer y el escribir, sino que también será el comprender los medios en donde realizamos estos ejercicios alfabetos. Enseñar a usar las redes, usar un computador y a usar un smartphone es un ejercicio de alfabetización, es entregarle herramientas a quienes no las tienen.

Las claves para lograrlo

Como consejos para una alfabetización digital que no conlleve vergüenzas o asimetrías, te aconsejamos que:

  • Dona a centros que promuevan o se encarguen de la alfabetización digital, o haz voluntariado en estos centros.
  • Usa palabras fáciles de entender y de repetir en tus contenidos para explicar tus ideas.
  • Si alguien no quiere utilizar tecnología en frente tuyo (como por ejemplo mandar un mensaje a través de Whatsapp) no lo obligues; al igual que si te piden ayuda para entender o hacer una acción digital, tampoco les obligues a que aprendan por cuenta propia. Hazlo tú por esta vez.

Siempre ten en cuenta que quienes no tienen tantas herramientas digitales no son poco inteligentes, o no son capaces de aprender fácilmente en interfaces simples. Quienes no tienen estas herramientas son quienes no han tenido las oportunidades para conseguirlas.

Acerca del Autor

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